Un paciente le pregunta a su psicoterapeuta: “¿Para qué estoy aquí? ¿Me servirá la terapia para solucionar mis problemas y sentirme mejor?”

El psicoterapeuta le responde: “lamentablemente esa respuesta no la tengo yo; la respuesta la tienes tú”.

El paciente afirma sentirse más confuso todavía, y el terapeuta le cuenta el siguiente cuento.

(En psicoterapia se utilizan en ocasiones las metáforas porque nos proporcionan un cambio de perspectiva. Una perspectiva es una manera determinada de mirar un asunto. Las metáforas utilizan un lenguaje simbólico que actúa con gran fuerza sobre el inconsciente, aumentando la capacidad creativa de la persona que recibe y entiende la información transmitida, y aumenta la creación de alternativas para situaciones en las que la parte racional no es capaz de solucionar).

 

EL TESORO ENTERRADO

Había una vez, en la ciudad de Cracovia, un anciano piadoso y solidario que se llamaba Izy. Durante varias noches, Izy soñó que viajaba a Praga y llegaba hasta un puente sobre un río. Soñó que a un lado del río, y debajo del puente, se hallaba un frondoso árbol. Soñó que él mismo cavaba un pozo al lado del árbol y que de ese pozo sacaba un tesoro que le traía bienestar y tranquilidad para toda la vida.

Al principio, lzy no le dio importancia. Pero cuando el sueño se repitió durante varias semanas, interpretó que era un mensaje y decidió que no podía desoír esa información que le llegaba de Dios, o de no sabía dónde, mientras dormía.

Así que, fiel a su intuición, cargó su mula para un largo viaje y partió hacia Praga. Después de seis días de marcha, el anciano llegó a Praga y se dedicó a buscar el puente sobre el río en las afueras de la ciudad.

No había muchos ríos ni muchos puentes, así que rápidamente encontró el lugar que buscaba. Todo era igual que en su sueño: el río, el puente y, a un lado del río, el árbol debajo del que debía cavar. Sólo había un detalle que no había aparecido en su sueño: el puente era custodiado día y noche por un soldado de la guardia imperial.

lzy no se atrevía a cavar mientras el soldado estuviera allí, así que acampó cerca del puente y esperó. La segunda noche, el soldado empezó a sospechar de aquel hombre que acampaba cerca de su puente, así que se aproximó para interrogarle.

El viejo no encontró razón para mentirle. Por eso le contó que había llegado desde una ciudad muy lejana porque había soñado que en Praga, bajo un puente como aquél, había un tesoro enterrado.

El guardia empezó a reírse a carcajadas.

  • Has viajado mucho por una estupidez ‑le dijo‑. Desde hace tres años, yo sueño todas las noches que en la ciudad de Cracovia, debajo de la cocina de un viejo loco llamado Izy, hay un tesoro enterrado. ¡Ja, ja, ja! ¿Crees que yo debería ir a Cracovia a buscar a ese Izy y cavar bajo su cocina? ¡Ja, ja, ja!

Izy dio amablemente las gracias al guardia y regresó a su casa. Al llegar, cavó un pozo bajo su cocina y encontró el tesoro que siempre había estado allí enterrado.

El paciente hizo la siguiente reflexión:

Mi psicoterapeuta me ha dicho que las respuestas las encontraría en mí. No en él, ni en los libros, ni en la terapia, ni en mis amigos. ¡En mí! ¡Sólo en mí! Como Izy, el tesoro que estaba buscando estaba aquí y en ningún otro sitio.

De pronto me he dado cuenta: nadie puede decirme si la terapia “sirve” o no. Sólo yo puedo saber si “me sirve”, y esta respuesta es tan sólo válida para mí. Ahora entiendo que he pasado gran parte de mi vida buscando a alguien que me diga qué está bien y qué está mal. Buscando a otros que me miraran para verme a mí mismo. Buscando fuera lo que en realidad siempre estuvo dentro, debajo de mi propia cocina.

Ahora queda claro que la terapia no es más que una herramienta para poder cavar en el lugar correcto y desenterrar el tesoro escondido. El psicoterapeuta no es más que aquel soldado que, a su modo, te dice una y otra vez dónde debes buscar y repite incansablemente que es estúpido buscar fuera.

Como lzy, me siento afortunado y tranquilo al saber, por fin, que el tesoro está conmigo, que siempre lo estuvo y que es imposible perderlo.