En psicoterapia se utilizan en ocasiones las metáforas porque nos proporcionan un cambio de perspectiva. Una perspectiva es una manera determinada de mirar un asunto. Las metáforas utilizan un lenguaje simbólico que actúa con gran fuerza sobre el inconsciente, aumentando la capacidad creativa de la persona que recibe y entiende la información transmitida, y aumenta la creación de alternativas para situaciones en las que la parte racional no es capaz de solucionar.

El siguiente cuento cumple esta función:

EL ELEFANTE ENCADENADO

Erase una vez un niño pequeño al que le encantaban los circos, y lo que más le gustaba eran los animales. Le llamaba especialmente la atención un elefante que, como más tarde supo, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa, parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

¿Qué lo sujetaba entonces?

¿Por qué no huía?

El niño preguntó a varias personas por el misterio del elefante. Alguna de ellas le explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hizo entonces la pregunta obvia: “¿Si está amaestrado por qué lo encadenan?”.

El niño no recibió ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidó el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando se encontraba con otros niños que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años, el niño descubrió que alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

“El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño”.

El niño cerró los ojos e imaginó al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Seguro que, en aquel momento, empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió porque aquella estaca era demasiado dura para él.

Seguramente se dormía agotado y al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.

Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.

Vivimos pensando que “no podemos” hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, lo intentamos y no lo conseguimos.

Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: no puedo, no puedo y nunca podré.

Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos:

“No puedo y nunca podré”

La única manera de saber si puedes conseguirlo es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu coraje. ¡Todo tu coraje!

(Definición de coraje según el diccionario María Moliner: actitud decidida y apasionada con que se acomete una empresa.)